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CARTA ABIERTA AL PADRE ALBERTO CUTIÉ

Publicada en el internet por Gastón A. González

(c) CopyRight - Prohibido copiar, reproducir

Carta a Dios
La vocación a la santidad
El novicio sediento
La talla de santos de cara a la historia
Kyrie eléison: significado, origen histórico
Eucaristía: libros, documentos, encíclicas




Oración del Papa
Juan Pablo II

por las vocaciones

Pan y peces
PADRE SANTO:
mira nuestra humanidad,
que da los primeros pasos
en el camino del tercer milenio.


Su vida sigue
marcada fuertemente
todavía por el odio,

la violencia, la opresión,
pero el hambre de justicia,
de verdad y de gracia,
encuentra espacio
en el corazón de tantos,

que esperan la salvación,
llevada a cabo por Ti,
por medio de tu Hijo Jesús.

Necesitamos mensajeros
animosos del Evangelio,

siervos generosos
de la humanidad sufriente.


Envía a tu Iglesia,
te rogamos,
presbíteros santos,
que santifiquen a tu pueblo
con los instrumentos
de tu gracia.


Envía numerosos consagrados
que muestren tu santidad
en medio del mundo.


Envía a tu viña,
santos operarios
que trabajen
con el ardor de la caridad y,

movidos por tu Espíritu Santo,
lleven la salvación de Cristo
hasta los últimos confines
de la tierra. Amén.


En Castel Gandolfo,
8 de septiembre del 2001

Juan Pablo II


stimado Padre Alberto:

Decidí escribirle estas líneas después de ver el bochornoso espectáculo que protagonizaron algunos de sus ingenuos, como sinónimo de inocentes, seguidores durante la manifestación de apoyo hacia usted en lo que fuera su parroquia en Miami Beach. Y digo bochornoso espectáculo por cuanto no había razones válidas, canónicas, doctrinales ni morales que justificaran semejante demostración.

Allí se mezclaron católicos sinceros y devotos, aunque ignorantes y tal vez confundidos, con los enemigos consuetudinarios del catolicismo y personalidades vulgares de las decadentes ondas radiales de nuestra ciudad. Y digo bochornoso por cuanto hubo hasta golpes y empujones hacia un feligrés que sencillamente manifestó su desacuerdo con dicho acto de apoyo hacia usted.

El clamor básico de la manifestación fue que usted como hombre tenía derecho a satisfacer su naturales deseos carnales; secundariamente, se manifestó el desacuerdo de los allí presentes hacia el celibato sacerdotal. Hubo clamores de cambio en la Iglesia. Vivimos en una sociedad libre, la nuestra es la democracia por excelencia en el mundo, hay derecho a la libre expresión y a la manifestación de nuestros apoyos e ideas. Sin embargo, usted mejor que nadie sabe que como sacerdote usted está sometido, por libre voluntad y escogencia, a las normas y leyes de una entidad que dista mucho de ser una democracia y que sin embargo se ha mantenido por casi dos milenios: La Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Vamos ahora por partes. A raíz de las fotografías que le fueron tomadas en Miami Beach, donde se le ve en poses impropias, dada su condición de sacerdote, con una mujer se ha desatado todo este circo sobre la sexualidad y el celibato. Aunque usted reconoció la veracidad de las gráficas y emitió un comunicado donde reconoce que ha causado “…dolor y tristeza”, tengo la certeza de que hay algo más allá que sólo usted y Dios saben referentes al hecho; algo que usted haría bien en aclarar por el bien de la Iglesia, los fieles que aún creen en ella y hasta para aplacar a los enemigos de la Institución; ni siquiera por su propio bien, ya que usted ahora tiene todo el derecho a protegerse con el manto del silencio y la reflexión; un derecho profesional del cual puede disfrutar un sacerdote, más no un seglar. El único manto que cubre al seglar cuando transgrede es el de la vergüenza y hasta el de la aplicación de las más severas leyes.

Reclaman quienes le muestran apoyo que usted como hombre tiene perfecto derecho a mujer, reclaman además que el celibato es una aberración, una práctica contranatural. Y basan su pobre razonamiento en el hecho de su caída en tentación. Pero la ignorancia es un muro de piedras que puede ser derribado con el auxilio del Catecismo de la Iglesia Católica, con modificaciones basadas en la Editio Typica; texto sencillo, asequible y que probablemente usted conoce con mayor profundidad que yo y que muchos.

Establece el Catecismo en su capítulo tercero, referente al sacramento del Orden (sacerdotal), número 1579 lo siguiente:

“Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato “por el Reino de los Cielos" (Mt. 19, 12). Llamados a consagrarse totalmente al Señor y a sus “cosas…”.

En el número 1580 leemos: En las Iglesias orientales, desde hace siglos está en vigor una disciplina distinta… los hombres casados pueden ser ordenados diáconos y presbíteros. Esta práctica es considerada legítima desde tiempos remotos…” Seguidamente en el número 1599, y para despecho de quienes están en contra del celibato sin fundamentar sus razones leemos: “En la Iglesia latina, el sacramento del Orden… sólo es conferido a candidatos que están dispuestos a abrazar libremente el celibato y que manifiesten públicamente su voluntad de guardarlo…”.

En pocas palabras, el celibato ha sido establecido y aceptado por el rito latino y es, o debería ser, libremente aceptado como un voto fruto de la vocación. Quien asume el sacerdocio, asume libremente y a voluntad el celibato. ¿Y a qué viene todo esto? Quienes consideran que el celibato es una aberración se olvidan que el hombre, en su amplia acepción como humanidad, no es meramente un animal movido o dominado por los instintos básicos; el hombre es un ente social y espiritual capaz de asumir compromisos, normas, leyes (seculares o religiosas), votos y juramentos cuyo cumplimiento fortalece el carácter y le hace por tanto elevarse y colmar la medida más amplia de su ser. Es por ello que un hombre, en su caso un sacerdote, incapaz de cumplir obligaciones asumidas libremente y por voluntad propia no merece la dignidad propia de su hombría y mucho menos de su sacerdocio. Sacerdocio y plenitud de vida
Sacerdocio y
plenitud de vida

Ignacio Andereggen
Esa diferencia debería ser suficiente para acallar a los que critican el celibato y piden a gritos que la Iglesia se adapte, más por unos gritos de anarquía, ignorancia y hasta mala fe, que por verdadera devoción y entendimiento de las cosas del espíritu y el servicio a Dios.

De hecho, no es necesaria la abolición del celibato por causas infundadas, dado que el mismo Catecismo aclara en el número 1583 que “Un sujeto válidamente ordenado, puede ciertamente, por justos motivos, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación…”. Nadie está pues es obligado a sobrellevar una obligación más allá de su fuerza de espíritu o su carácter. Y he aquí su falta Padre Alberto:

Aún conociendo estas verdades y muchas más, usted decidió demostrar una grave falta de carácter al exponerse, con intenciones o sin ellas, de la forma escandalosa como lo hizo, en vez de demostrar mayor hombría y carácter al enfrentar sus limitaciones y conducirse por los canales debidamente establecidos por la Iglesia para ser liberado de sus votos y obligaciones. Ello hubiera sido lo más varonil, lo más sensato, lo más maduro, lo más inteligente. Y si su preocupación hubiera sido el cómo compaginar el ser liberado del sacerdocio, por causa de su amor natural hacia una mujer, el mismo Catecismo, de nuevo en el número 1583 establece que aunque liberado “… el carácter impreso por la ordenación es para siempre. La vocación y la misión recibidas el día de la ordenación, lo marcan de manera permanente”.

The Priest
The Priest Is Not
His Own

Fulton Sheen
Sabias líneas que le ofrecen la promesa de gozar de una vida plena y con la bendición de que en un hogar usted sería un hombre con un “…carácter impreso por la ordenación…” que le permitiría seguir sirviendo a su familia, su comunidad, su Iglesia y a Dios.

Finalmente, y basado en lo anterior, le reitero que más aberrado y antinatural es el hombre que no es capaz de asumir y cumplir compromisos; que el que los asume, los honra y llegado el momento pide el relevo por motivos que pueden ser perfectamente personales e inobjetables. La diferencia entre uno y otro es el caos o el orden. A esto se le agrega que una institución como la Iglesia, de hecho ninguna iglesia o confesión, no puede ser sujeto de modificaciones basadas en las veleidades de moda. Puede que estas líneas parezcan duras, puede que de alguna forma alguien (haciendo un uso demagógico de las Escrituras) me rete a lanzar la “…primera piedra” en su contra o considere que efectivamente esta carta es una “… primera piedra”; pero el hecho es que lo cortés no quita lo valiente y si, como le dejé entrever en el tercer párrafo de estar carta, usted tiene de alguna forma una intención oculta con este escándalo (como podría ser el llamar la atención sobre la cuestión del celibato) la Iglesia en sus dos milenios de vida tiene los mecanismos necesarios para un entendimiento racional y humano.

Mecanismos dignificantes que podrían haberle ahorrado a usted el “…dolor y tristeza”, a sus feligreses el escándalo y a la Iglesia Católica un motivo más de odios por parte de quienes en su ignorancia no pueden ser calificados ni tan siquiera de anarquistas espirituales. Con intención o sin ella usted ha causado un daño hasta ahora inconmensurable. Tómese su tiempo, reflexione, fortalezca su carácter de hombre y sacerdote… Pero regrese, ya sea de la mano de una mujer o sosteniendo el cayado del pastor para seguir edificando un mundo mejor.




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